Joao Rodríguez | Jardín Zen | Grabado Café La Gloria / México, D.F. Inauguración: Domingo 15 de marzo, 2009; 20:00 hrs. Del 15 de marzo al 6 de junio, 2009
El karesansui, o jardín zen, es un estilo de jardín japonés seco, que consiste en un campo de arena poco profunda y que contiene grava, rocas y ocasionalmente hierba, musgo y otros elementos naturales. Son jardines-escena, y por tanto de dimensiones limitadas. La arena rastrillada representa el mar, en torno a las rocas se rastrilla en anillos, como si éstas formaran ondulaciones en el agua. En el resto del jardín se rastrilla en paralelo a la plataforma.
Toda obra artística es intraducible a otro discurso. Miramos para descubrir, descubrimos al mirar. Está lo que vemos, no más. O mejor, vemos lo que está y descubrimos lo no visible, la realidad que proviene de lo oculto. En la cultura japonesa existe un término, yohaku no bi, o la belleza del vacío: también el silencio cuenta, también el silencio o el espacio vacío -en blanco- dice. La obra de Joao Rodríguez parece instalarse o provenir de esta Yohaku no bi, de un desnudamiento paulatino (desde hace años la obra de Rodríguez se apuntala como una de las propuestas en donde la sencillez de elementos construye un corpus de hermosura contundente) que logra llegar a una yugen, o simplicidad, o sencillez elegante.
La serie de grabados que lleva por nombre Jardín zen es una carta de creencia o, de alguna manera, un posicionamiento ante el mundo. El maestro Daisetz T. Suzuki menciona que un artista zen busca, entre otras cosas, inmediatez en la expresión, espiritualidad y hacer que la realidad toda se refleje en las pequeñas cosas que están a nuestro lado. Al observar con detalle los grabados de Jardín zen descubrimos que los preceptos planteados por el maestro Suzuki están ahí: Rodríguez ha llegado a una síntesis perfecta: el mundo es por los pequeños gestos que el pintor lleva a cada una de las obras. La delicadeza asimétrica de ellas es otra de las claves para entender su relación con el zen. Se busca la unicidad, ser uno entre obra y artista.
Cuenta la leyenda que uno de los maestros Kano fue invitado en alguna ocasión a pintar un dragón en un edificio, pero que él quería pintar no una imitación de un dragón, sino una obra realmente importante. Durante un buen tiempo, por más que intentaba crearla era imposible, por lo que decidió acudir a preguntarle a un maestro zen cómo hacer. Éste, al escucharlo, sólo le dijo: "Conviértete en dragón". El pintor volvió al edificio tratando de entender el significado de esa frase. Después de muchísimo tiempo entendió las palabras del monje: ser uno con la obra, convertirse en ella. Así parece funcionar en la obra de Joao Rodríguez, las piezas son él pero también el mundo.
El espectador, al observar cada uno de los grabados, entra en un estado zen, es decir, meditativo. De nuevo el maestro Suzuki menciona que la rama del Budismo del Norte (lamaísmo tibetano, y las enseñanzas de China, Corea y Japón) tiene tres formas de disciplina: moral, contemplativa e intelectual, aunque difiera en muchas otras entre ellas. Sobre todo el budismo zen (chán en chino, dhyana en sánscrito) o budismo mahayana, busca a través de las técnicas de meditación del koan o zazén encontrar el satori o iluminación: el instante que tiene todos los instantes. Llegar a ese instante puede ser completamente espontáneo o intuitivo. Con esa aparente intuición o espontaneidad parecen estar construidos cada uno de los grabados: una sola línea que avanza, un trazo que envuelve, un mundo que dice. Al observar cada una de las obras descubrimos lo no visible: Joao Rodríguez pintó su dragón.